5 de febrero de 2013

Obsesión

Le observaba desde la ventana, tenía la cabeza posada sobre la mesa, la penumbra reinaba por la casa. Hacía tiempo que le vigilaba, la obsesión podía con su cuerpo, le arrastraba.
Su cuerpo le pedía más, pero no, no debía sobrepasar ese límite, esta vez la razón tenía que vencer.
Seguía con la cabeza sobre la mesa, hundida entre los brazos, al parecer la cantidad de whisky que bebió surtió sus efectos.
Sus brazos definidos y musculosos, su cabellera negra, cómo deseaba acariciar cada parte de su cuerpo, pero no, debía no sobrepasar la barrera de la ventana. Se encontraba sentando en la mesa del comedor, parecía que los muebles fuesen a juego con él, encajaban perfectamente. Muebles clásicos, de color oscuro. Él todavía llevaba el traje de cuando salió de la oficina y la corbata estaba tirada sobre el respaldo del sofá.
¿Lo había seguido desde que salió de la oficina? No podía creerlo, no recordaba haberlo hecho, sus manos sudorosas luchaban una contra otra, su obsesión empezaba a ganar la partida.


De repente vio como él de un respingo levantó la cabeza, tenía los ojos inyectados en sangre, no entendía qué le estaría pasando. Se levantó furioso.
¿Qué le sucedía? Entonces se dio cuenta, había una mujer dentro, OTRA MUJER, no podía creerlo, tenía que ser sólo para ella, cómo osaba esa zorra arrebatarle lo que tanto tiempo llevaba deseando.
Una mueca de alegría se manifestó en su cara, si él se había levantado furioso y se había ido hacia la cocina, es porque no quería saber nada de esa cualquiera. Eso estaba mejor, una persona menos que resultaría perjudicada.
Pero su desasosiego aumentó al ver que él volvió al comedor y se acercó a la mujer, ¡había ido a la cocina para servirle una bebida!; habría sido su imaginación la que le hizo creer que se levantó enfadado, sus ansias de que rechazase a esa que se encontraba en su casa le habían hecho ver cosas que no eran.
Él empezó a meter sus dedos por la larga melena de ella, empezó a besarla, haciendo uso de su pasión la subió a la mesa del comedor, donde instantes antes dormía su borrachera.
La deja allí y se va un momento, vuelve y la sigue besando y acariciando.
Sus ojos están frente a los de él, nota el peso de su cuerpo sobre ella. Algo estaba humedeciendo su estómago ¿cuándo había llegado a la mesa del comedor? ¿cuándo había entrado en la casa de su amado?
Mientras su vida se escapaba surgió un momento de claridad. Al final sobrepasó el límite. Encontró una ventana medio abierta. Una vez dentro lo había despertado. Él furioso fue hacia la cocina a buscar algo con lo que defenderse de ella, pero cuando Alicia vio la reacción no le quedó más remedio que sacar la pistola que escondía y le hizo volver allí.
Su debilidad pudo con ella, él le pidió perdón por su reacciíon y le traía una bebida en son de paz. Le dio el vaso mientras le sonreía y con la otra mano le acariciaba su larga melena. Ella confiada se lo bebió de golpe feliz por ser correspondida. Le quitó el vaso de las manos dejándolo sobre la mesa de café y le hizo ver que para entregarse el uno al otro debía dejar también la pistola.
Por fin lo había conseguido, la quería, la amaba, así que le entregó la pistola.
La cogió y con su hipócrita fogosidad la subió a la mesa, la botella de whisky caýó al suelo desparramándose.
La dejó un momento con la excusa de un regalo que tenía preparado desde hacía tiempo para ella; Alicia nunca se imaginó que aquello hubiese salido tan bien.
Ahora se dio cuenta de cual era el regalo que le tenía preparado, su estómago húmedo, su mano tapando la herida por la que brotaba mucha sangre, su vida escapándose por momentos.
Las últimas palabras de él fueron "mi obsesión por matarte ha podido con tu obsesión por poseerme", y sus ojos se cerraron dejando escapar su último aliento.

C. Aliaga C.

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