5 de noviembre de 2013

Ansiedad



 Media hora delante del ordenador, intentado teclear algo. Pasan los minutos, y nada, su mente sigue vacía.
¿La habría perdido? ¿Le había abandonado?
¿Dónde estaba esa creatividad que antes le salía a borbotones?
¿Y si salía a pasear por la playa?
Así hizo, cogió su chaqueta (ya que todavía refrescaba un poco) y se montó en su coche (pobrecito, estaba ya viejo, pero tenía un gran valor sentimental para ella). Llegó a la playa, estaba todo en calma, el mar en silencio, nada por los alrededores, estaba en su mundo y era sólo suyo.
Se quitó las zapatillas y empezó a pasear por la orilla, dejando que el agua borrase sus pasos según hacía camino.
Llegó a una duna, su duna, en la que había pasado tantas horas pensando, cantando, divagando, y donde tantas ideas habían venido a su mente.
Se tumbó mirando hacia las estrellas (ya había anochecido) y decidió estar así unos minutos antes de volver a casa, para ver si la brisa marina le introducía ideas en su cabecita.
Notaba sus ojos pesados, prometió no dormirse.

Sobresalto. ¿Quién andaba ahí? No era muy normal que por estas fechas, y aun menos a estas horas, hubiese alguien por la playa.
¿Dónde estaba su duna? No reconocía la playa en la que estaba, ni esa era su duna.
¿Y las llaves del coche?
No entendía nada.
Silencio.
Pasos.
Volvía el silencio.
Miraba hacia todas partes vislumbrando lo que la noche le permítía. No encontraba al dueño de esos pasos.
Su corazón latía cada vez más rápido y empezaba a encontrar límite en su piel para salirse.
Desesperación.
Volvió a cerrar los ojos, para ver si era una pesadilla. Abría uno y seguía en aquel lugar.
¡Maldita sea!
Quería moverse de allí, pero su cuerpo se encontraba anclado. Las extremidades le pesaban cuál piezas de plomo.
Angustia.
Segundo a segundo los pasos se oían más cerca.
¿Querrían hacerle daño?
Gotas de sudor empapaban su ropa.
Volvía a notar los ojos pesados, se le cerraban (pero, ¿cómo se le podían cerrar en esas circunstancias?)
Ansiedad.
Se ahogaba, su pecho se hacía cada vez más pequeño y su corazón estaba cada vez más oprimido.
Necesitaba salir de ahí.
Entonces una voz (ya estaba, su final lo sentía cerca).
Cuando cuente hasta tres, despertará.
Un
Dos
Tres
Sus ojos se abrían lentamente, ahí estaba, volvía a sentirse segura.
La consulta de su psiquiatra.
No conseguía recordar aquel fatídico día, pero desde la primera sesión de hipnosis que le recomendó su médico, se encontraba más cerca para descubrir quién intentó robarle la vida en su querida playa.

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